La percepción humana es muy limitada, esto no es un secreto.
En cuanto a la visión, nuestro sentido más importante, podemos ver solamente el espectro visible, que con el antropocentrismo que caracteriza a nuestra especie damos en llamar simplemente “luz”, como si todo lo demás no fuera luz. Sin embargo, la “luz” que vemos, y que nos permite distinguir los objetos y percibir nuestro mundo a través de la vista, es una minúscula parte del espectro lumínico. Un ser humano con muy buena vista puede ver las ondas de frecuencias comprendida entre 120 y 384 THz. Lo que esté entre esas dos longitudes, es nuestro mundo, del resto no podemos ver nada. Es invisible para nosotros.
Para hacernos una idea de la limitación que esto supone, el espectro electromagnético, dentro del cual está el espectro visible, comprende las frecuencias que van desde las menores de 30 Hz (extremadamente baja frecuencia, con una longitud de onda de entre 10 y 100 metros) hasta las frecuencias por encima de los 20 EHz (un Exaherzio equivale a 10 elevado a la 19 potencia Herzios, es decir, un 1 seguido de 19 ceros). Los rayos gamma, por ejemplo, tienen una frecuencia de entre 5.000 y 50.000 veces la frecuencia del espectro visible.

Es decir, por debajo del espectro visible nos encontramos los infrarrojos, las microondas y todas las ondas de radio, mientras que por encima están los ultravioleta, rayos X y rayos Gamma. El espectro visible es sólo un pequeñísimo porcentaje de todo el espectro electromagnético, y sin embargo estamos rodeados por todas las longitudes de onda. A través de la atmósfera nos llega la luz ultravioleta e infrarroja, y de manera algo más atenuada los rayos X y Gamma, y desde luego conocemos y utilizamos perfectamente las microondas y las ondas de radio. Toda estas ondas electromagnéticas son absorbidas y reflejadas en mayor o menor medida por los objetos, y nuestros ojos sólo son capaces de ver los colores (y por tanto las formas) de los objetos en la medida en que reflejan la luz del espectro visible.
Dicho en otras palabras, si un objeto sólo reflejase la luz ultravioleta, las microondas o los rayos gamma, por ejemplo, no lo veríamos. Esto es lo que hace la policía para descubrir manchas de sangre borradas iluminándolas con luz ultravioleta para hacerlas visibles (porque las manchas invisibles al ojo humano sí que reflejan otros tipos de luz invisibles para nosotros), o lo que hacen los militares con las gafas de visión nocturna (ya que la irradiación infrarroja es emitida por los cuerpos según su temperatura, siempre que estén por encima del 0 absoluto, -273º).
Con respecto a su manera de propagación, las ondas se clasifican en ondas electromagnéticas, de las que hemos hablado, ondas gravitacionales, que darían para un millón de post y libros (ya que producen un discontinuo en el espaciotiempo), y las ondas mecánicas, como son las ondas sonoras, por ejemplo.

De este modo el espectro audible comprende las ondas mecánicas que están entre los 20 Hz y los 20 KHz. Por encima y por debajo están los ultrasonidos y los infrasonidos. Las erupciones volcánicas o los terremotos causan un sonido similar en amplitud (en dB, en volumen, hablando en plata) al de una explosión atómica, pero al estar por debajo del espectro audible no lo oímos.
Un fenómeno muy interesante lo producen los ultrasonidos aplicados a un líquido, dado que provocan cavidades en el elemento que al colapsar originan temperaturas de hasta 30.000º y desprenden luz (por increíble que parezca, este fenómeno existe y se le llama sonoluminiscencia). La sonoluminiscencia produce la emisión de radioactividad, libera ondas electromagnéticas ionizantes (ondas ionizantes son los rayos X y rayos gamma que veíamos más arriba). Este fenómeno nos da un puente de unión entre las ondas mecánicas y las ondas electromagnéticas. A Tesla le hubiera entusiasmado este fenómeno (si es que no lo conocía antes que nadie), ya que tuvo su papel en la búsqueda de la fusión fría.
Todas las ondas electromagnéticas y acústicas están presentes en nuestro entorno, de manera natural o artificial, y nos envuelven, aunque no las veamos ni oigamos.
Nuestro propio cuerpo y nuestro propio cerebro no son más que emisores y receptores de estas ondas. Producimos y recibimos ondas, no sólo a través de nuestros órganos sensitivos, sino a través de nuestras células, a través del ADN que está encerrado en los cromosomas del núcleo de nuestras células, que necesitan la bioquímica y la relación entre sus átomos para funcionar. Toda la existencia del universo se basa en la energía, y las ondas no sólo nos afectan, sino que están en la base de nuestra relación con el cosmos.
Podemos ver claramente el efecto de determinadas ondas en las células, en nuestros átomos y reacciones bioquímicas, al comprobar que los rayos X en exceso nos provocan cáncer (un malfuncionamiento de la química celular), o al ver que se emplean los rayos Gamma para esterilizar el instrumental médico (ya que destruyen las bacterias). Al tener una intensidad, una fuerza mayor (porque derivan de reacciones nucleares, en el caso de los rayos Gamma), estas ondas son además un buen ejemplo de las nuevas teorías físicas, en las cuales ya no cabe hablar de diferencias entre ondas y partículas (indistintamente se puede hablar de ondas o partículas Alfa, Beta o Gamma).
También nos afectan directamente las ondas gravitacionales (también explicables teóricamente como partículas, el llamado gravitón), dado que suponen otro elemento de relación del hombre con el universo, con las células y átomos del hombre, más exactamente. La gravedad es una de las cuatro fuerzas del universo, que relaciona toda la materia entre sí dependiendo de su masa. Nuestra relación con el planeta, el sol o la luna como cuerpos cercanos está determinada por la gravedad, a todos los niveles, ya que si bien la gravedad no tiene una gran potencia cercanamente, sí actua a grandísimas distancias astronómicas.
Todavía no se ha podido elaborar una teoría del campo unificado que incluya el electromagnetismo, la gravedad, la fuerza nuclear fuerte y la fuerza nuclear débil, ya que esta teoría, que se deduciría (y superaría) de la teoría de la relatividad general, no sólo afectaría a la física como la conocemos, sino que entraría directamente a explicar el espaciotiempo, con las implicaciones que eso tendría para el ser humano.

No somos algo separado del resto de las fuerzas del universo, sino que somos esas fuerzas, y nuestra interacción energética con el universo es lo que realmente nos da información, dejando a un lado la falacia de los sentidos. Aunque eso ya lo decía Parménides 500 años antes de Cristo, al negar la evidencia de los sentidos y descartar el devenir y el cambio.
Los cambios que vemos en el mundo no son más que configuraciones y reconfiguraciones de la energía, que nuestros sentidos y nuestro cerebro identifican como “cambio”, y como “tiempo”, aunque ambos conceptos están sólo en nosotros. No hay materia.
Y ya que nos quitamos conceptos erróneos, tampoco hay tiempo. Salvo quizá la flecha de tiempo psicológica que también crea nuestra mente (¡¡¿Cómo, cómo, cómo? !!).
Einstein también dijo: “Pasado, presente y futuro son sólo ilusiones, aunque sean ilusiones pertinaces”. Una buena definición del tiempo es que lo que recordamos configura el pasado, mientras que el futuro consiste en esos sucesos que no pueden ser recordados.
La memoria no es más que un almacenaje imperfecto en las neuronas del cerebro de los eventos que perciben los sentidos. Los eventos no son más que reordenaciones de la energía que nuestros sentidos codifican a su manera, y la línea de recuerdos nos hace desarrollar una flecha del tiempo psicológica, dado que no podemos recordar el futuro, y nos hace ver la causalidad donde realmente no existe. Si no existe el tiempo, y por lo tanto a un evento no le sigue otro “en el tiempo”, ¿dónde está la causalidad?. ¿tenemos acaso algún efecto sobre nuestro entorno de forma causal? Quizá el vaso que se nos rompe al caerse no se rompa realmente por el golpe.
Y de todas maneras da igual, porque no hay vaso.